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La Monogamia (segunda parte)


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Registrado: Mar Mar 22, 2011
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NotaPublicado: Mar Mar 29, 2011 2:10 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Nietzsche no decía que el hombre había matado a Dios (mucha plabrería, mucha palabrería, pero cuando se trata de algo realmente valioso nos quedamos en ascuas) él decía que era el amor por los hombres lo que lo había matado.
Si conocieras la obra de Herman Hesse no la interpretarías de la forma errónea en que lo has hecho. A Herman Hesse no le importaba un carajo la historia bíblica. Simplemente lo que estaba haciendo Demian era una interpretación de la historia de Cain y Abel, que se ajustaba a lo que Herman hesse consideraba el sino del Hombre verdadero. Tampoco a mí me interesa un carajo la rigurosidad histórica bíblica. Simplemente la cito como una alegoría en la que la mujer tenía algún rol que desconozco porque no tengo la Biblia.

Saludos. Daniel


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 2:29 am    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Daniel

Del Zaratustra...

Dicho hombre, frenético o loco, cierta mañana se deja conducir al mercado. Provisto con una linterna en sus manos no cejaba de gritar: «¡Busco a Dios!» Allí había muchos ateos y no dejaron de reírse. Los descreídos, mirándose con sorna entre sí, se decían: «¿Se ha perdido?» «¿Se ha extraviado?». Y agregaban: «Se habrá ocultado». «O tendrá miedo». «Acaso se habrá embarcado o emigrado». Y las carcajadas seguían. El loco no gustó de esas burlas y, precipitándose entre ellos, les espetó: «¿Qué ha sido de Dios?» Fulminándolos con la mirada agregó: «Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla... ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita». Y en tono interrogativo y con énfasis prosiguió afirmando que nos roza el soplo del vacío, que la noche se hace más noche y más profunda, y que se torna indispensable encender linternas en pleno día. Manifestó que se oye a los sepultureros enterrando a Dios, agregando que tal vez tengamos que oler el desagradable tufo de la putrefacción divina, pues, naturalmente, los dioses también se pudren. Y siguió diciendo que lo más sagrado y lo más profundo se ha desangrado bajo nuestro cuchillo, preguntando, al mismo tiempo, si se podría encontrar un agua capaz de limpiar la sangre del cuchillo asesino. E inmediatamente puso en duda que la grandeza de este acto fuera propiamente humana. Y entendía que toda la posteridad se agigantaba con la magnificencia de este acto. Se puso colérico y echó al suelo su linterna y creyó reconocer que se había metido muy precozmente entre los hombres. Intuía que los oídos humanos no estaban todavía preparados para escuchar tales verdades. Porque el rayo, el trueno, la luz de los astros, y los actos heroicos de los hombres requieren su tiempo para arribar. Y este último acto mencionado se encuentra más lejos que los actos más lejanos. Los hombres nada saben de ellos y son ellos los que han cometido el acto.
Dicen que el loco ese día penetró en varias iglesias y entonó un requiem aeternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: «¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?».


“Me repugna que el Zaratustra salga al mundo como un libro de entretenimiento. ¡Nadie es bastante serio para él!” (a Peter Gast, Abril de 1883).

“Es posible que contribuya a arrojar algunas luces sobre mi Zaratustra, que es, ante todo, incomprensible, porque hay en él una cantidad de experiencias vividas que no he compartido con nadie.” (5 de Agosto de 1886).

Siempre consideró Nietzsche -como hemos visto- al Zaratustra como su gran obra, como obra superior, transformadora del hombre, que “jamás puede ni debe ser simplemente «leída»”, como dice Heidegger; y en esto reside su principal grandeza a la vez que su enorme dificultad: nos exige dejar de ser lo que hemos sido y pasar a ser el que somos -asumiendo todo lo que ello implica-:

“Yo he dado a los hombres el libro más profundo que poseen, el Zaratustra; un libro que distingue de tal manera que cuando alguien puede decir: «he comprendido seis frases de él», esto significa que vive, que pertenece a una clase superior de hombres ... ¡Pero cómo debe expiar esto! ¡Cómo debe pagar! Ello casi echa a perder el carácter... El abismo se ha hecho demasiado grande...” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Frühjahr-Sommer 1888’; KGW, VIII, 16 [81], 310).

“Yo no me admiro de que no se comprenda mi Zaratustra. No hago ningún reproche por ello: un libro tan profundo, tan extraño que comprender seis frases de él significa haber vivido, erigirse en una clase superior de mortales.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘September 1888’; KGW, VIII, 19 [1], 5, 343).

“Yo no me admiro de que no se comprenda mi Zaratustra: un libro tan lejano, tan bello, que hay que tener sangre de dioses en las venas para escuchar su voz de pájaro.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘September 1888’; KGW, VIII, 19 [7], 346).

LA OBRA Y LA POSTERIDAD

Así habló Zaratustra es obra esencialmente poética en el sentido más originario de la expresión: de poíesis en tanto pro-ducción, traer a la presencia, manifestación, revelación de la verdad. Nietzsche así lo entiende:
“[...] soy poeta hasta los límites extremos de este vocablo [...].” (a Erwin Rodhe, 22 Febrero 1884).
Y festivamente, el poeta, el poietés griego, es el revelador del ser de todas las cosas. Esa tarea poiétíca, desveladora de ser, expresada por intermedio de un lenguaje simbólico, con imágenes y alusiones que tratan de revivir en el ánimo del lector experiencias íntimas de honda profundidad, y a través de ellas comunicar una nueva y renovadora metafísica que fluye por cauces subterráneos y que es menester explicitar; todo ello dificulta enormemente la adecuada comprensión de la obra. Sólo cuando se está plenamente compenetrado -y no por vía de un simple y escolar “saber”- del pensar nietzscheano, cuando se alcanza esta compenetración que es a la par una incorporación (Einverleibung: la expresión es de Nietzsche), y desde ella se lee la obra y el lector se va transformado -esto es: liberando- a medida que lo exige el modelo ejemplarizador del personaje protagónico, entonces y sólo entonces la obra se abre, se entrega totalmente y estalla en cien luces dentro del espíritu del coparticipante del drama trágico, el que pasa a ser, de ese modo, un interlocutor más de Zaratustra, un receptor de sus enseñanzas, un destinatario de su llamado a la autosuperación personal.
Quien, por el contrario, interpreta a la letra ésta, como casi todas las obras de Nietzsche -pero sobre todo ésta-, comete errores enormes, falsedades tremendas como muchas de las que, desde hace un siglo, circulan por el mundo corno “verdades” suyas, sin que sus supuestos conocedores se hayan tomado alguna vez el trabajo, hecho el esfuerzo de enterarse acerca de cuál es su pensamiento correcto, de entender vitalmente -metafísicamente vital- todas sus ideas y expresiones, y no óntica, ética, social o políticamente. Cuando ellas poseen esas repercusiones -y así sucede en múltiples ocasiones-, éstas tienen siempre un sentido fundado sobre la base de esa metafísica vital que penetra y vertebra a todo el pensamiento nietzscheano: fuera de ese contexto no significan nada.
Nietzsche sobrellevó estoicamente -hasta empleó alguna vez el lema de la Stoa: “abstineo, sustineo” (Cfr. a Erwin Rodhe, 28 Diciembre 1879) - la carga de su maltrecha salud, que culminó con la pérdida de su equilibrio racional, y toda la incomprensión y aislamiento provenientes de quienes le rodeaban, empezando por sus propios familiares, incapaces de advertir, más allá del hijo o hermano, al pensador genial; siguiendo por sus amigos más queridos y valorados; hasta terminar por sus compatriotas, para quienes -a ellos sí- no ahorró calificativos fustigantes por la vida social, y en general cultural que realizaban y por el modo en que lo hacían, por sus ataduras ideológicas. Pero, luego de su muerte, la comprensión fácil y superficial del vulgo, dirigida por el denigramiento intencional y solapado de quienes se dieron por destinatarios de sus invectivas, la abulia y tendencia a la repetición monocorde de frases hechas, todo ello contribuyó a que Nietzsche tuviera que “sufrir” después de muerto esa mole de tergiversaciones e incomprensiones, para no hablar de injurias y calumnias que tuvo y sigue teniendo que “soportar” desde su tumba:
“¡Quién sabe cuántas generaciones tendrán que pasar antes de producir algunos hombres capaces de sentir en toda su profundidad lo que he hecho! Y aún entonces, me causa espanto la idea de que gentes totalmente inadecuadas se apoyarán algún día en mi autoridad. Pero éste es el tormento de todo gran educador de la humanidad: saber que en determinadas circunstancias y por ciertos accidentes puede convertirse tanto en una fatalidad como en una bendición para ella.” (a su hermana, mediados de Junio de 1884).
“Es difícil reconocer quién soy; esperemos; una centena de años; quizás entonces surgirá algún genial conocedor de hombres que desentierre al señor F. N.” (a H. von Stein, borrador de comienzos de 1885).
“Este libro (El Anticristo) pertenece a muy pocos. Quizás no vive aún ninguno de ellos. Podrían ser quienes comprendan mi Zaratustra: ¿cómo podría yo confundirme con aquellos a quienes hoy se presta oídos? -Lo que a mí propiamente me pertenece es el pasado mañana. Algunos (hombres) nacen póstumos.” (“Der Antichrist”, ‘Vorwort’; KGW, VI, 165).
Son predicciones de Nietzsche que, como las filosóficas e historiales, también se han cumplido o están en vías de hacerlo. A cien años del Zaratustra, afortunadamente para su autor, para su memoria y pensamiento, para la cultura universal, la correcta intelección de sus libros está arribando al pensar contemporáneo. Sus obras se publican, anotadas, en ediciones por primera vez críticas, completas y fidedignas; grandes libros interpretativos, a través de los cuales se repiensan y proyectan hacia el futuro del hombre y del mundo sus reflexiones, se han escrito; sus textos se explicitan y comentan en congresos nacionales e internacionales, cátedras y seminarios universitarios:
“Algún día se sentirá la necesidad de instituciones en las que se viva y enseñe como yo entiendo el vivir y enseñar; quizás, incluso, se creen entonces también cátedras especiales para la interpretación del Zaratustra. Pero estaría en completa contradicción conmigo mismo si ya hoy esperase encontrar oídos y manos preparados para mis verdades: que hoy no se me escuche, que hoy no se sepa tomar nada de mí, no sólo es comprensible, me parece incluso lo justo.” (“Ecce homo”, ‘Warum ich so gute Bücher schreibe’, 1; KGW, VI, 296).
Bruno L. G. Piccione
Lo de Hesse... no sé de qué interpretación hablás. Sólo copié un fragmento de uno de sus libros... :shock:

Comprendo que no te interese la lectura ni el análisis, pero eso es contradictorio con tu supuesto interés por la filosofía. Además, comprenderás que este tipo de temas, no puede abordarse sin una profundización que realmente valga la pena... Así que ahí va algo sobre Caín y Abel... que lo disfrutes. :twisted:

RENÉ GUÉNON, EL REINO DE LA CANTIDAD Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
CAPÍTULO XXI
Caín y Abel

La «solidificación» del mundo tiene también, en el orden humano y social, otras consecuencias de las que no hemos hablado hasta aquí: a este respecto, engendra un estado de cosas en el que todo está contado, registrado y reglamentado, lo que, por lo demás, no es, en el fondo, más que otro género de «mecanización»; en nuestra época, es muy fácil constatar por todas partes hechos sintomáticos tales como, por ejemplo, la manía de los censos (que se relaciona directamente con la importancia atribuida a las estadísticas), y, de una manera general, la multiplicación incesante de las inter-venciones administrativas en todas las circunstancias de la vida, intervenciones que deben tener por efecto naturalmente asegurar una uniformidad tan completa como es posible entre los individuos, tanto más cuanto que es en cierto modo un «principio» de toda administración moderna tratar a esos individuos como a simples unidades numéricas todas semejantes entre sí, es decir, actuar como, si por hipótesis, la uni-formidad «ideal» estuviera ya realizada, y obligar así a todos los hombres a ajustarse, si se puede decir, a una misma medida «media». Por otra parte, esta reglamentación cada vez más excesiva se encuentra que tiene una consecuencia muy paradójica: es que, mientras que se elogia la rapidez y la facilidad crecientes de las comunicaciones entre los países más alejados, gracias a las invenciones de la industria moderna, al mismo tiempo se establecen todos los obstáculos posibles a la libertad de esas comu-nicaciones, de suerte que, frecuentemente, es prácticamente imposible pasar de un país a otro, y que, en todo caso, eso ha devenido mucho más difícil hoy día que en los tiempos en los que no existía ningún medio mecánico de transporte. Eso es tam-bién un aspecto particular de la «solidificación»: en un tal mundo, ya no hay lugar para los pueblos nómadas que hasta aquí subsistían todavía en condiciones diversas, ya que llegan poco a poco a no encontrar ante ellos ningún espacio libre, y por otra parte se esfuerzan por todos los medios por conducirles a la vida sedentaria1, de suerte que, bajo está relación también, no parece estar muy lejano el momento en que «la rueda cesará de girar»; por añadidura, en esta vida sedentaria, las ciudades, que representan en cierto modo el último grado de la «fijación», toman una importancia preponderante y tienden cada vez más a absorberlo todo; y es así como, hacia el fin del ciclo, Caín acaba verdaderamente de matar a Abel.
En efecto, en el simbolismo bíblico, Caín es representado ante todo como agricul-tor, Abel como pastor, y son así los tipos de las dos suertes de pueblos que han exis-tido desde los orígenes de la presente humanidad, o al menos desde que se ha produ-cido en ella una primera diferenciación: los sedentarios, dedicados a la cultura de la tierra; los nómadas, al pastoreo de los rebaños. Son, es menester insistir en ello, las ocupaciones esenciales y primordiales de esos dos tipos humanos; el resto no es más que accidental, derivado o sobreagregado, y hablar de pueblos cazadores o pescado-res, por ejemplo, como lo hacen comúnmente los etnólogos modernos, es, o tomar lo accidental por lo esencial, o referirse únicamente a unos casos más o menos tardíos de anomalía y de degeneración, como se puede constatar de hecho en algunos salva-jes (y los pueblos principalmente comerciantes o industriales del Occidente moderno no son, por otra parte, menos anormales, aunque de otra manera). Cada una de estas dos categorías tenía naturalmente su ley tradicional propia, diferente una de la otra, y adaptada a su género de vida y a la naturaleza de sus ocupaciones; esta diferencia se manifestaba concretamente en los ritos sacrificiales, de donde la mención especial que se hace de las ofrendas vegetales de Caín y de las ofrendas animales de Abel en el relato del Génesis. Puesto que hacemos más particularmente llamada aquí al sim-bolismo bíblico, es bueno destacar seguidamente, a este propósito, que la Thorah hebraica se vincula propiamente al tipo de la ley de los pueblos nómadas: de ahí la manera en la que está presentada la historia de Caín y de Abel, que, bajo el punto de vista de los pueblos sedentarios, aparecería bajo otra luz y sería susceptible de otra interpretación; pero por lo demás, bien entendido, los aspectos correspondientes a estos dos puntos de vista están incluidos el uno y el otro en su sentido profundo, y no hay en eso en suma más que una aplicación del doble sentido de los símbolos, apli-cación a la que hemos hecho una alusión parcial a propósito de la «solidificación», puesto que esta cuestión, como se verá quizás mejor todavía después, se liga estre-chamente al simbolismo de la matanza de Abel por Caín. Del carácter especial de la tradición hebraica viene también la reprobación que se da en ella de ciertas artes o de ciertos oficios que convienen propiamente a los sedentarios, y concretamente a todo lo que se refiere a la construcción de habitaciones fijas; al menos la cosa fue efecti-vamente así hasta la época en que precisamente Israel dejó de ser nómada, al menos durante varios siglos, es decir, hasta el tiempo de David y de Salomón, y se sabe que, para construir el Templo de Jerusalem, fue menester entonces hacer llamada a obre-ros extranjeros.
Son naturalmente los pueblos agricultores los que, por eso mismo de que son se-dentarios, más pronto o más tarde acaban construyendo ciudades; y, de hecho, se dice que la primera ciudad fue fundada por Caín mismo; por lo demás, esta funda-ción no tiene lugar sino mucho después de que se haya hecho mención de sus ocupa-ciones agrícolas, lo que muestra bien que hay en eso como dos fases sucesivas en el «sedentarismo», de las que la segunda representa, en relación a la primera, un grado más acentuado de fijeza y de «compresión» espacial. De una manera general, se po-dría decir que las obras de los pueblos sedentarios son obras del tiempo: fijados en el espacio en un dominio estrictamente delimitado, desarrollan su actividad en una con-tinuidad temporal que se les aparece como indefinida. Por el contrario, los pueblos nómadas y pastores no edifican nada duradero, y no trabajan en vistas de un porvenir que se les escapa; pero tienen ante ellos el espacio, que no les opone ninguna limita-ción, sino que les abre al contrario constantemente nuevas posibilidades. Se vuelve a encontrar así la correspondencia de los principios cósmicos a los que se refiere, en otro orden, el simbolismo de Caín y de Abel: el principio de compresión, representa-do por el tiempo; y el principio de expansión, representado por el espacio. A decir verdad, el uno y el otro de estos dos principios se manifiestan a la vez en el tiempo y en el espacio, como en todas las cosas, y es necesario hacer la precisión de ello para evitar identificaciones o asimilaciones demasiado «simplificadas», así como para resolver a veces ciertas oposiciones aparentes; pero por ello no es menos cierto que la acción del primero predomina en la condición temporal, y la del segundo en la condición espacial. Ahora bien, el tiempo desgasta el espacio, si se puede decir, afirmando así su papel de «devorador»; y del mismo modo, en el curso de las edades, los sedentarios absorben poco a poco a los nómadas: como lo indicábamos más atrás, ese es un sentido social de la matanza de Abel por Caín.
La actividad de los nómadas se ejerce especialmente sobre el reino animal, móvil como ellos; la de los sedentarios toma al contrario como objetos directos los dos re-inos fijos, el vegetal y el mineral. Por otra parte, por la fuerza de las cosas, los se-dentarios llegan a constituirse símbolos visuales, imágenes hechas de diversas subs-tancias, pero que, desde el punto de vista de su significación esencial, se reducen siempre más o menos directamente al esquematismo geométrico, origen y base de toda formación espacial. Los nómadas, por el contrario, a quienes las imágenes les están prohibidas como todo lo que tendería a retenerlos en un lugar determinado, se constituyen símbolos sonoros, los únicos compatibles con su estado de continua mi-gración. Pero hay esto de destacable, que, entre las facultades sensibles, la vista tie-ne una relación directa con el espacio, y el oído con el tiempo: los elementos del símbolo visual se expresan en simultaneidad, y los del símbolo sonoro en sucesión; así pues, en este orden se opera una especie de inversión de las relaciones que hemos considerado precedentemente, inversión que, por lo demás, es necesaria para estable-cer un cierto equilibrio entre los dos principios contrarios de que hemos hablado, y para mantener sus acciones respectivas en los límites compatibles con la existencia humana normal. Así, los sedentarios crean las artes plásticas (arquitectura, escultura, pintura), es decir, las artes de las formas que se despliegan en el espacio; los nóma-das crean las artes fonéticas (música, poesía), es decir, las artes de las formas que se desenvuelven en el tiempo; ya que, lo repetimos una vez más en esta ocasión, todo arte, en sus orígenes, es esencialmente simbólico y ritual, y no es sino por una dege-neración ulterior, muy reciente en realidad, como pierde ese carácter sagrado para devenir finalmente el «juego» puramente profano al que se reduce en nuestros con-temporáneos.
Así pues, he aquí donde se manifiesta el complementarismo de las condiciones de existencia: los que trabajan para el tiempo son estabilizados en el espacio; los que erran en el espacio se modifican sin cesar con el tiempo. Y he aquí donde aparece la antinomia del «sentido inverso»: los que viven según el tiempo, elemento cambiante y destructor, se fijan y se conservan; los que viven según el espacio, elemento fijo y permanente, se dispersan y cambian incesantemente. Es menester que ello sea así para que la existencia de los unos y de los otros permanezca posible, por el equilibrio al menos relativo que se establece entre los términos representativos de las dos ten-dencias contrarias; si solo una u otra de estas dos tendencias compresiva y expansiva estuviera en acción, el fin vendría pronto, ya sea por «cristalización», ya sea por «vo-latilización», si es permisible emplear a este respecto dos expresiones simbólicas que deben evocar la «coagulación» y la «solución» alquímicas, y que, por lo demás, co-rresponden efectivamente, en el mundo actual, a dos fases de las que tendremos que precisar todavía después la significación respectiva. En efecto, estamos aquí en un dominio donde se afirman con una particular claridad todas las consecuencias de las dualidades cósmicas, imágenes o reflejos más o menos lejanos de la primera duali-dad, la misma de la esencia y de la substancia, del Cielo y de la Tierra, de Purusha y de Prakriti, que genera y rige toda manifestación.
Pero para volver al simbolismo bíblico, el sacrificio animal es fatal para Abel, y la ofrenda vegetal de Caín no es aceptada; el que es bendito muere, el que vive está maldito. Así pues, el equilibrio, de una y otra parte, esta roto; ¿cómo restablecerle, sino por intercambios tales que cada uno tenga su parte de las producciones del otro? Es así como el movimiento asocia el tiempo y el espacio, puesto que en cierto modo es una resultante de su combinación, y concilia en ellos las dos tendencias opuestas que hemos tratado hace un momento; por lo demás, el movimiento no es, él mismo, más que una serie de desequilibrios, pero la suma de éstos constituye el equilibrio relativo compatible con la ley de la manifestación o del «devenir», es decir, con la existencia contingente misma. Todo intercambio entre los seres sometidos a las con-diciones temporal y espacial es en suma un movimiento, o más bien un conjunto de dos movimientos inversos y recíprocos, que se armonizan y se compensan el uno al otro; aquí, el equilibrio se realiza pues directamente por el hecho mismo de esta compensación. Por lo demás, el movimiento alternativo de los intercambios puede recaer sobre los tres dominios, espiritual (o intelectual puro), psíquico y corporal, en correspondencia con los «tres mundos»: intercambio de los principios, de los símbo-los y de las ofrendas, tal es, en la verdadera historia tradicional de la humanidad te-rrestre, la triple base sobre la cual reposa el misterio de los pactos, de las alianzas y de las bendiciones, es decir, en el fondo, la repartición misma de las «influencias espirituales» en acción en nuestro mundo; pero no podemos insistir más sobre estas últimas consideraciones, que se refieren evidentemente a un estado normal del que actualmente estamos muy alejados bajo todos los aspectos, y del que el mundo mo-derno como tal no es incluso propiamente más que la negación pura y simple.

Saludos


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 12:03 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

"Dios ha muerto, su amor por el hombre lo ha matado" he estado buscando en Zaratustra esta frase pero no la puedo encontrar. Sin embargo estoy seguro de que está, porque me caló profundamente cuando la leí, hace años, y todavía me resuena.
La historia de Cain y Abel como se lee en tu artículo es usada como metáfora intelectual de los pueblos nómades y los sedentarios; estados por los que pasó la historia de Israel. No dice lo que textualmente dice la Biblia. Como yo no tengo la Biblia, he buscado en el diccionario de la Real Academia Española "Caín" y dice "Hijo mayor de Adán y Eva. Mato por celos a su hermano Abél"


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 12:28 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Reconozco que cometí un error por la mala interpretación del diccionario. Visité recientemente Wikipedia y la historia era otra. La historia en resumen era que Caín sintió celos de Abel porque Dios valoró mas la ofrendas de éste que las suyas propias. Error. Pero vos tampoco la conocías. Así que te recomiendo que leas también tu artículo. :twisted:

Saludos. Daniel


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 12:50 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

"wiki"... "diccionario"... jajaja Otro más que "cree" que buscando en el diccionario va a adquirir algún conocimiento más que el púramente linguístico... :twisted:

Ya lo leí hace rato al artículo... de dónde se desprende lógicamente que yo no lo conociera?

Te fijaste en la wiki?

Bucador wiki: Conoce joselia el arículo que expuso? :twisted:


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 12:59 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Ay, ¿de qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? ¿Y qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los compasivos? ¡Ay de todos aquellos que aman y no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión! Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres.» Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios».

Así habló Zaratustra


No se deben sacar las frases de su contexto...


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NotaPublicado: Mié Mar 30, 2011 1:27 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Gracias. Daniel


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NotaPublicado: Jue Mar 31, 2011 6:21 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Denada... Joselia


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NotaPublicado: Dom Abr 03, 2011 5:07 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Un gusto leerlos....cesarego..

Mis neuronas no dan para procesar tanta información y comentar adecuadamente.


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NotaPublicado: Dom Abr 03, 2011 5:43 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Simplemente lee el texto que figura al comienzo, que escribí yo (en la primera página) y enviá tu comentario. Sin dejarte influir por otros comentarios que figuren en el tema. :wink:


Saludos. Daniel


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NotaPublicado: Dom Abr 10, 2011 12:26 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

[quote="Daniel Mazzella"]Simplemente lee el texto que figura al comienzo, que escribí yo (en la primera página) y enviá tu comentario. Sin dejarte influir por otros comentarios que figuren en el tema. :wink:


---Extraño, muy extraño....... :shock: :shock:
Alguien que presume de ciencia, me pide que haga algo que ya hice. :? :?
Favor Dani, relee la primera página y verás que cumplí religiosamente tu sugerencia.
Filosofia.....ciencia....y....algo de memoria frágil me parece que no son buenos amigos.


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NotaPublicado: Dom Abr 10, 2011 4:27 pm    Asunto: Re: La Monogamia (segunda parte)

Cesarego, disculpá mi confusión, es que estaba completamente absorbido por el debate con Joselia. Pero es cierto que te contesté a todo lo que me planteaste. El último post fué mío. Lo que vos hiciste fué una excusa para abandonar el tema. Si lo dás por agotado, entonces te sugiero que leas la primera parte ya que todo esto se está tornando un caos y se pierde el hilo de los temas. #-o


Saludos. Daniel


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