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La ideología del aislacionismo


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De Elite
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NotaPublicado: Jue Ene 26, 2012 10:42 am    Asunto: La ideología del aislacionismo

Los seguidores del candidato republicano a la presidencia Ron Paul han relanzado un antiguo anuncio que promociona la vieja idea del aislacionismo americano. “Ahora somos una nación conocida por empezar la guerra”, se oye citando a Paul. “Nos sentimos obligados a causa de nuestra inseguridad a tener que ir hasta allá y atacar a esos países para mantener nuestro imperio”. El mensaje aquí (y repetido en otras partes) es que el aislacionismo de Paul está en sintonía con los Padres Fundadores y “lo que es verdaderamente americano y verdaderamente constitucional”. Este estribillo no es sólo una grave distorsión de la historia americana, sino que ofrece una orientación peligrosamente engañosa a una nación que se enfrenta a serios desafíos domésticos y en el extranjero.

Siguiendo este ejemplo, hay quien está tentado por el mito de que los Padres Fundadores fueron aislacionistas que buscaban retirarse del mundo y prestar atención solamente al frente doméstico. En este momento de fatiga internacional y ansiedad en torno al futuro de América, comprendo lo que sienten. Pero, simplemente, no es el caso.


Los Fundadores rechazaban los enfoques contemporáneos de la política exterior americana – ya fueran una política de poder, aislacionista o una cruzada internacionalista. Los Fundadores estaban particularmente en desacuerdo con los “visionarios, o intrigantes, que se encuentran dispuestos a propugnar la paradoja de la paz perpetua”, como Hamilton establece en El Federalista VI. En cambio, diseñaron una política exterior verdaderamente americana – formada en sus fundamentos por los principios americanos pero sin ignorar la situación de necesidad en las relaciones internacionales.
La exposición clásica de esta idea es el Mensaje de Despedida de Washington, a veces entendido de forma errónea como dogma del aislacionismo. Sí, Washington alerta correctamente contra ”las tretas insidiosas de influencia extranjera” y sí, Washington afirma con acierto que al extender las relaciones comerciales, Estados Unidos debería tener pocas relaciones políticas con esas naciones, cuando sea posible. Eso no es aislacionismo sino sentido común. Washington prosigue para plantear el objetivo: “ganar tiempo, a fin de que se consoliden en nuestro país sus instituciones todavía nuevas, y que progrese, sin interrupción, el grado de fuerza y consistencia necesarias para que disponga, hablando humanamente, de su propia suerte.”. Y de nuevo:


Si seguimos unidos como un solo pueblo, bajo un gobierno eficiente, no estará lejos el momento en el que podamos hacerle frente al agravio externo; en el que podamos tomar una actitud que haga respetar escrupulosamente la neutralidad a que nos hubiésemos determinado; en que las potencias beligerantes, imposibilitadas de hacer conquistas sobre nosotros, no se arriesgarán con ligereza a provocarnos; cuando podamos elegir la guerra o la paz, según lo aconsejare nuestro interés guiado por la justicia.


Más que atraparse a sí mismos en alguna doctrina absoluta y permanente de no intervención en el mundo, los Fundadores abogaron por una política prudente y flexible, encaminada a lograr y posteriormente mantener de manera permanente, la independencia soberana de los americanos para determinar su propio destino. Y sin sustentar su propia seguridad, ¿cómo pueden tener esperanza de controlar su propio destino o ser dueños de su propia suerte?
Los requerimientos de seguridad son dictados por los desafíos que América afronta en el mundo. ”¿Cómo se podría prohibir de forma segura la preparación para la guerra en tiempo de paz, si no prohibiésemos, de igual modo, la preparación y la creación de cada nación hostil?”, se preguntaba Madison en El Federalista XLI.
Los medios de seguridad sólo se pueden regular por los medios y el peligro del ataque. De hecho, siempre se determinarán por estas reglas, y no por otras…Si una nación mantiene constantemente un ejército disciplinado, listo y al servicio de la ambición o la venganza, ello obliga a las naciones más pacíficas que pueden estar al alcance de su planes a tomar las correspondientes precauciones.
Las peligrosas ambiciones del poder se pueden encontrar en las pasiones de naturaleza humana. Como Hamilton escribió en El Federalista XXXIV:


Juzgando por la historia del género humano, nos vemos obligados a concluir que las feroces y destructoras pasiones bélicas reinan en el pecho del hombre con mucha más fuerza que los blandos y benéficos sentimientos de paz; y que moldear nuestro sistema político sobre ensueños de una perpetua tranquilidad es apoyarse en los resortes más débiles del temperamento humano.


La necesidad dicta que Estados Unidos debe estar preparado para combatir guerras y usar la fuerza para proteger la nación y al pueblo americano. De ahí que a Washington le gustase usar a menudo la vieja máxima romana: ”Estar preparados para la guerra es uno de los medios más eficaces de conservar la paz.” Los Fundadores se aseguraron de estar preparados y no fueron reacios a usar la fuerza. ¿De qué otra manera se puede elegir entre guerra y paz, según aconseje el interés guiado por la justicia?
La seguridad nacional es un desafío para todos los países, pero en particular para los sistemas políticos democráticos dedicados a la limitación del poder. Muchas acciones necesarias para la seguridad emplean el uso de la fuerza y proceden de maneras que a menudo son secretas y menos abiertas de lo que prefiere la democracia. De la misma manera, la seguridad nacional a veces requiere restricciones y sacrificios que serían enemigos de la libertad personal si no fuera por las amenazas significativas contra la nación.
La solución a este dilema no es negar el uso de la fuerza o hacerlo tan oneroso como para que sea inefectivo. Más bien se trata de establecer una constitución bien construida que enfoque el poder sobre propósitos legítimos y luego divida ese poder para que no funcione sin control, preservando la libertad mientras mantiene una nación que puede (y podrá) defender su libertad.
Se deben eliminar el excesivo gasto del gobierno, su congestión masiva y su extralimitación constitucional. Pero la responsabilidad constitucional, central e indiscutible del gobierno de Estados Unidos de mantener la defensa común no es algo negociable.
En un momento en el que se debería estar repensando seriamente acerca de la estrategia y los compromisos americanos en un mundo cada vez más peligroso (haciéndolo en el contexto de unos gastos gubernamentales ilimitados y una deuda descontrolada que amenaza con llevarnos a una bancarrota nacional y que socava la mismísima independencia soberana), se debería ser cauteloso con las exigencias, aunque tentadoras en el momento, de que la ideología simplista del aislacionismo tiene un lugar en el altar de los principios de América.
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